lunes, 5 de octubre de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos

(anterior  -Confesiones a Eulogio)

- El árbol

Eulogio me miró sorprendido, y sin más reparos me dijo:

-No es tan malo, yo me enamoré el verano pasado, tuve temperatura, mi abuela quemó incienso y recomendó a mi madre rezarle a un santo para que se me quiten los alborotos -

Luego me evitó como si tuviera un mal contagioso, se fue caminando por el pasaje leyendo sus apuntes, como convencido que en esas circunstancias la soledad era lo mejor para mí.

Mientras se alejaba, reparé en que Eulogio no había entendido nada y mi desborde emocional fue para él la evidencia de una pasión. Comprendí entonces que mi mejor amigo también creía que yo estaba enamorado. Me pregunté si reconocer la belleza de una mujer implicaba amor, o si en verdad el amor las hace ver bellas.

Más confundido que al principio me senté en el jardín, recosté mi cabeza sobre un árbol y mientras el viento se llevaba las hojas, que parecían ser inacabables, me mantuve en silencio tratando de encontrar calma y claridad; las aves cantaron como siempre, el frescor del viento relajó mis temores y junto con la serenidad se fue apagando el sol en mis ojos.

Una sensación de paz jamás vivida me llenó de satisfacción; las aves dejaron de cantar, todo en mi rededor tomo movimiento, las sombras antes ocultas dejaron el sigilo para exponerse abiertamente y sus sonidos se confundieron con el de las hojas que corrían por mis pies; los grillos parecían celebrar con más fervor cada gota de oscuridad que pareció mojar la noche hasta dejarla completamente negra.

El viento soplaba fuerte, sus ráfagas azotaron vigorosamente cada árbol, arrancando las hojas y algunos nidos, dejando oír en su correr, sus silbidos, como voces agudas que se perdían en lo lejano, y en lo cercano los lamentos de los polluelos se iban extinguiendo de a pocos, como resignados a no volver a gozar del calor de la vida, como flama que se extingue sin más cera que le procure sustento.

Me incorporé ya sin calma y asustado pretendí enrumbar por la vereda, cuando oí una voz a mis espaldas:

-Que hablen de mí, me hace existir,
a cuantas gentes he matado
y sin embargo soy deseado,
malo o bueno, para poder vivir.

Por tu cobardía, negarás que me conociste;
mi existencia a todos causa asombro,
con una palmada en el hombro
confirmarás que lo que parece mágico existe.-

No quise mirar envés por el temor de encontrarme con quien hablaba, fue cuando recordé a Ezequiel, el campesino que, según la tradición, por un pecado de amor había sido convertido en árbol antes de que construyan el Instituto y que aún permanecía al final de la vereda. En medio de los gritos del viento, del quejido de los polluelos, de los chirridos inacabables de los grillos, una de sus ramas toco mi hombro; di un tras pies, todo se puso más negro que nunca y envuelto en las hojas secas, me tragó la noche.

Mateo Cribidores


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martes, 15 de septiembre de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos

(Anterior -Conociendo a Usevia.)

-Su mirada

Al sentirme descubierto, traté de no delatar mi admiración, la cual, puedo asegurar, se debía sólo al reconocimiento de la delicada estética con la que Dios había materializado su ser. Gran idea la de no preguntar a nadie su nombre, así me evitaría que alguien me recordase los colores que fui capaz de adoptar cuando me sentí expuesto aquella vez.

La palabra amor no tenía sentido para mí, ni lo tuvo cuando la vi; lo único que percibí fue el desconcierto de sentirme doblegado por su mirada; aletargado por la breve fijación de sus ojos, los que me hicieron perder en una noche negra como ellos; en donde todo lo que no estuvo en el brillo de sus pupilas, fue sólo penumbra; momento máximo de mi vida, que alcanzó su grado épico, cuando, sin contemplaciones, algo como un frío hierro atravesó mi pecho, sacándome de golpe de esa noche negra en la que hubiera querido vivir por siempre extraviado; fue la voz del maestro Don Andrés de Luzuriaga, que en tres palabras me trasladó del cielo al infierno;
-¡en que piensa!-

Sin palabras y sin color en las mejillas emití algunos sonidos que no llegaron a decir nada.
-¡no titubee, siéntese y preste atención!-
Sentenció Don Andrés, fue duro, pero me había perdonado la vida.

Me senté mansamente y en lo que quedó de la tarde, no volví a mover el cuello, ni pestañear, al punto que durante los largos minutos que pasaron para terminar la clase, se me resecaron los ojos, pero no esa alma épica que, gracias a ella, descubrí que en mí habitaba.

Pero, ¿quién era? ¿de dónde venía? Y yo sin poder preguntar su nombre, ¡gran idea!.

En la primera semana, tal fue mi afán de evitarla, que llamé la atención de algunos amigos, en especial de Felipe, un vivaracho joven venido de una hacienda vecina, famoso por su indiscreción, quien preguntó:
-¿Por qué esquivas a Usevia?, ella ha preguntado por ti, ¿no te gusta?-

Sin querer resolvió el misterio de su nombre, mientras que yo, presionado por las inocentes preguntas, respondí sin dudar lo primero que se me vino a la cabeza:
-¡No! no me gusta-

No faltó un atrevido que se alejó corriendo, y mientras se alejaba amenazó con decírselo.

Asustado por mi inocencia y, tal vez, por la profundidad de sus ojos negros, presuroso busqué a Eulogio, mi amigo de siempre. Recorrí las veredas colmadas de hojas, escuché tan ajeno cantar a los pajarillos, imaginé que luego de oír al muchacho delator, Usevia no querría mirarme más. Me atormenté pensando que las hojas secas no sonarían más y que sus ojos no me regalarían otra noche a pleno sol.

Al final de la alameda pude ver a Eulogio, que sin miedo recorría los jardines mas alejados de San Ambrosio, en busca de tranquilidad para repasar algunas materias que le habían dejado duda; lo alcancé a la altura de Ezequiel, un álamo con historia propia, que para suerte mía, o de ambos, decidió permanecer quieto durante nuestra estadía.

Eulogio al verme, me recibió como un hermano, vio mi expresión desencajada, guardó prudentemente silencio, y sentí que era el momento de contarle lo que había pasado.

Mateo Cribidores

domingo, 6 de septiembre de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos

- Conociendo a Usevia

Eran no más de las diez de la mañana, a primera hora habíamos asistido a la Capilla a escuchar la misa por inicio de clases. Encontré a Eulogio, quien como siempre me abrazó fuertemente y me recordó que, como cada año, debíamos llegar pronto al aula, donde encontraríamos a los compañeros que aquel año compartirían las enseñanzas con nosotros.


Caminamos por las largas veredas del Instituto, las hojas que caían de los viejos álamos, resecas por el sol, alfombraban el trayecto; la alegría de estar nuevamente en San Ambrosio se confundía con la pena de saber que sólo ese año nos quedaba para caminar por sus jardines y oír la fiesta de las aves, que premunidas por el reloj de la naturaleza, cada tarde, cuando faltaban treinta minutos para las seis, cantaban alborotadas llamando a la familia para cobijarse juntos en el nido y guarecerse de las sombras de la noche.


San Ambrosio había albergado a tres generaciones de coterráneos, sus instalaciones fueron ocupadas algún tiempo por la milicia. Debía su nombre a la visión de sus fundadores, quienes se propusieron impartir enseñanzas con la mayor exigencia, y que mejor nombre que San Ambrosio, uno de los cuatro doctores de la iglesia más representados en lienzos y recordados en textos.



Una vez que ingresamos al salón, tuvimos que colocarnos en la primera fila hacia la derecha, ya que era el único sitio donde habían dos lugares juntos, y considerando la exposición a la vista de los maestros, quienes en aquel entonces no dudaban en manifestar su severidad a la menor distracción de algún alumno; entonces entendimos que no había sido buena idea perder un par de minutos en los afectuosos saludos por el reencuentro.


A mi derecha estaba la alta y fría pared, creo que de adobe, al frente, el severo maestro, y para distraer la tensión de la inmovilidad, de vez en cuando volvía mi vista hacia la izquierda, en donde casi siempre encontraba la cabeza de Eulogio, alcanzando a ver, cuando podía esquivar la presencia de mi amigo, a los compañeros de la primera y segunda fila del otro lado del aula. Entre ellos, en la primera fila, resaltaba una moza de piel iluminada, de ojos grandes, delicadas facciones y con un carisma que brotaba de su silencio. Con disimulo creí expiarla en los siguientes días, sin embargo, algo me delató, lo supe cuando, casi susurrando, Eulogio me preguntó:


-¿A cuál de ellas miras?-


Creo que mi rubor y titubeo le confirmaron que a alguien miraba, el cuchicheo llamó la atención del maestro, quien no tuvo mejor idea de recuperar mi atención preguntándome en tono muy grave:


-Joven, dígame Usted que parece estar muy atento, ¿Quién perdió la guerra de la década del cincuenta? –


Había sido sorprendido con la pregunta, temeroso me puse de pie, miré primero el techo, luego como por reflejo volteé a mi izquierda como para confirmar que ella no se había percatado de la situación, y encontré sus ojos negros mirándome fijamente, en ese momento comprendí que yo era quien había perdido la guerra, o al menos la primera batalla.

Mateo Cribidores
(Siguiente - Su mirada.)

viernes, 29 de mayo de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos


(Anterior - Su mirada.)

- Confesiones a Eulogio.

-Que no es verdad lo que dije. Eulogio, sólo pretendí esconder lo que veo, para evitar que los discípulos de Don Andrés vayan boquillenos hablando por todas partes.

Que me equivoqué,

no sólo es una guapa compañera,
sino que, sin que desmerezca
las gracias con las que Dios
ha dotado al resto de compañeras;
y con la autoridad que me da
haber visto de lo mas bello,
como por ejemplo, haber visto tantas veces,
los incomparables colores que la naturaleza nos regala,
cuando al final de cada tarde,
resuelta la noche en el horizonte
se traga el último vestigio de luz que nos deja el día;
puedo aseverar sin temor a yerro,
que podría hacer palidecer
a la mismísima Afrodita.

Debo comentar,

sin que por esto se me malinterprete,
que en ejercicio de mi mas esforzado entender,
a veces he llegado a creer,
que el Sol es vanidoso
y huye presuroso...
sólo de saber que ella viene.

No más puedo decir,

que sus delicados silencios,
tan recurrentes en ella,
de seguro encierran el sonido
conque suenan las estrellas.-


Mateo Cribidores

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