domingo, 6 de septiembre de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos

- Conociendo a Usevia

Eran no más de las diez de la mañana, a primera hora habíamos asistido a la Capilla a escuchar la misa por inicio de clases. Encontré a Eulogio, quien como siempre me abrazó fuertemente y me recordó que, como cada año, debíamos llegar pronto al aula, donde encontraríamos a los compañeros que aquel año compartirían las enseñanzas con nosotros.


Caminamos por las largas veredas del Instituto, las hojas que caían de los viejos álamos, resecas por el sol, alfombraban el trayecto; la alegría de estar nuevamente en San Ambrosio se confundía con la pena de saber que sólo ese año nos quedaba para caminar por sus jardines y oír la fiesta de las aves, que premunidas por el reloj de la naturaleza, cada tarde, cuando faltaban treinta minutos para las seis, cantaban alborotadas llamando a la familia para cobijarse juntos en el nido y guarecerse de las sombras de la noche.


San Ambrosio había albergado a tres generaciones de coterráneos, sus instalaciones fueron ocupadas algún tiempo por la milicia. Debía su nombre a la visión de sus fundadores, quienes se propusieron impartir enseñanzas con la mayor exigencia, y que mejor nombre que San Ambrosio, uno de los cuatro doctores de la iglesia más representados en lienzos y recordados en textos.



Una vez que ingresamos al salón, tuvimos que colocarnos en la primera fila hacia la derecha, ya que era el único sitio donde habían dos lugares juntos, y considerando la exposición a la vista de los maestros, quienes en aquel entonces no dudaban en manifestar su severidad a la menor distracción de algún alumno; entonces entendimos que no había sido buena idea perder un par de minutos en los afectuosos saludos por el reencuentro.


A mi derecha estaba la alta y fría pared, creo que de adobe, al frente, el severo maestro, y para distraer la tensión de la inmovilidad, de vez en cuando volvía mi vista hacia la izquierda, en donde casi siempre encontraba la cabeza de Eulogio, alcanzando a ver, cuando podía esquivar la presencia de mi amigo, a los compañeros de la primera y segunda fila del otro lado del aula. Entre ellos, en la primera fila, resaltaba una moza de piel iluminada, de ojos grandes, delicadas facciones y con un carisma que brotaba de su silencio. Con disimulo creí expiarla en los siguientes días, sin embargo, algo me delató, lo supe cuando, casi susurrando, Eulogio me preguntó:


-¿A cuál de ellas miras?-


Creo que mi rubor y titubeo le confirmaron que a alguien miraba, el cuchicheo llamó la atención del maestro, quien no tuvo mejor idea de recuperar mi atención preguntándome en tono muy grave:


-Joven, dígame Usted que parece estar muy atento, ¿Quién perdió la guerra de la década del cincuenta? –


Había sido sorprendido con la pregunta, temeroso me puse de pie, miré primero el techo, luego como por reflejo volteé a mi izquierda como para confirmar que ella no se había percatado de la situación, y encontré sus ojos negros mirándome fijamente, en ese momento comprendí que yo era quien había perdido la guerra, o al menos la primera batalla.

Mateo Cribidores
(Siguiente - Su mirada.)