jueves, 13 de mayo de 2010

Usevia en la escuela de los álamos viejos

(Anterior: - Huida a casa)


-  De vuelta a la escuela

El fin de semana transcurrió sin novedad en casa, pero dentro de mí una sensación de quebranto permaneció junto al temor por las cosas que pudieran llegar a sus oídos. Ezequiel, es decir el árbol que me espantó, alternó en mis miedos.

Amaneció el lunes y con raras sensaciones que subían por mi pecho y dificultaban cada respiro fui en busca de mi destino; no había más remedio, debía asistir a la escuela y enfrentar sus ojos y además comprobar si el árbol había vuelto a aquel extremo alejado de los jardines, junto a la vereda en donde lo encontré, o si seguía vagando por allí.

Llegué apresurado, eran las siete y treinta, no era tarde, sin embargo, los sobresaltos que no me dejaban me hicieron entrar bruscamente buscando a Eulogio; cuando Felipe dijo:

-Ya está en el aula de clases –

Pensando encontrar a mi amigo en busca de refugio y también de información, traspuse la puerta casi corriendo y tropecé torpemente con ella, me miró sorprendida y sonrió seguramente por mi expresión y descontrol.

El universo desapareció de su sitio para estar sólo en sus ojos; eran tan grandes y profundos que sentí caerme en ellos sin más remedio; traté de terminar mi transcurso por aquel abismo con un suspiro involuntario, buscando con él, asirme de la prudencia; sin embargo, éste dejó escucharse por el vértigo del desequilibrio.

Su sonrisa y el suave rubor que tiñó sus mejillas cortó mi respiración, bloqueó mis sentidos y relajó mi tensión dejándome rendido, perdiéndome en el paraje más increíble que había transitado en mi vida; inmóvil de pies a cabeza, recorrí en mi mente varias veces el trayecto que separaban sus ojos de su boca; y encontré nuevamente el sol cuando salía y cuando se ponía; el mar infinito, el horizonte y sus colores, la noche tragándose al astro rey; la vida entera en unos segundos; y al final de ellos Eulogio me preguntó:

-¿qué haces parado ahí?-

Al recobrar mi atención, ella ya estaba sentada, la gran oportunidad de hablarle había pasado, así como el tiempo del cual había perdido la cuenta; gracias a Dios mi amigo había llegado, al igual que otros ocho compañeros que no me explico en qué momento habían ingresado.

Desde aquel día, cada abrir de sus ojos creaba un día para mí, y cada cerrar de ellos, me hacía pensar que soñaba con mis sueños, de los cuales sólo quería despertarla con un beso para hacerlos realidad.    

Mateo Cribidores   

viernes, 9 de abril de 2010

Usevia en la escuela de los álamos viejos

(Anterior: - El árbol


- Huída a casa


La hora habitual de mi llegada a casa en aquel entonces, fue siempre a las seis con treinta minutos, los casi dos kilómetros que separaban a San Ambrosio del hogar y las breves distracciones del camino, tomaban los treinta minutos que tardaba mi trayecto. Aquel día, llegué pasadas las siete.

Cuando desperté sobresaltado, cubierto por las hojas, me incorporé aterrado y emprendí la carrera desde la lejana vereda, directo hacia la puerta principal. Tuve el cuidado de no voltear hacia atrás, por el temor de ver a Ezequiel; realmente me hubiera asustado verlo, oírlo o no verlo; pues sería señal inequívoca de que estaría por ahí merodeando.


Había perdido el sentido del tiempo, la oscuridad brotaba por todas partes; las aves no daban indicios de su existencia, sin embargo, los grillos y las hojas secas llenaron mis oídos de un rumor que parecía ser inacabable y que me acompañó hasta que, no obstante el agotamiento de los intentos previos, pude brincar las grandes rejas de hierro fundido que limitaban la propiedad. El portero no estaba y sin él, San Ambrosio a esa hora era un desierto.


Con los pantalones raidos, pero al fin a salvo, llegué a casa; el sobresalto mío pareció desapercibido, consulté sigilosamente el viejo reloj que adornaba el recibidor y con sorpresa vi en él que el tiempo casi no había pasado, las siete con quince minutos. La loca carrera con la que surqué los casi dos kilómetros recuperó en parte mi tardanza, me había quedado inconsciente no más de una hora. Presuroso cambié de atuendo, disimulé mi cansancio y fingí vivir un día normal, el temor a la reprimenda por la tardanza era tanto como el que le tenía a ese árbol animado.


Ya en mi cama, después de una merienda ligera por la falta de apetito y exceso de susto, me refugié bajo tres frazadas, y sin pensar, los temores de la aventura fueron desplazados por el recuerdo de los ojos negros más bonitos que alguna vez había visto. En mi mente se fijó aquella imagen, como si hubiese sido grabada por la mano de un ángel, y ya sólo pude pensar en ellos, hasta que el cansancio doblegó mi ilusión y rendido me entregué al silencio efímero de la noche.


Y la noche me llevó a pasear por aquellos malecones en donde había yo descubierto los más bellos colores; en donde parecía estar dispuesto el atardecer, sólo para recrear la caída de sus ojos. En donde tantas veces vi alejarse las embarcaciones y perderse en el horizonte, como se perdía ella cada tarde, cuando acababan las clases y era irremediable que nuestros destinos se separen por un mundo de cosas distintas, tal como el sol y la luna, tal así éramos ella y yo.


Mateo Cribidores


(Siguiente: - De vuelta a la escuela)