El fin de semana transcurrió sin novedad en casa, pero dentro de mí una sensación de quebranto permaneció junto al temor por las cosas que pudieran llegar a sus oídos. Ezequiel, es decir el árbol que me espantó, alternó en mis miedos.
Amaneció el lunes y con raras sensaciones que subían por mi pecho y dificultaban cada respiro fui en busca de mi destino; no había más remedio, debía asistir a la escuela y enfrentar sus ojos y además comprobar si el árbol había vuelto a aquel extremo alejado de los jardines, junto a la vereda en donde lo encontré, o si seguía vagando por allí.
Llegué apresurado, eran las siete y treinta, no era tarde, sin embargo, los sobresaltos que no me dejaban me hicieron entrar bruscamente buscando a Eulogio; cuando Felipe dijo:
-Ya está en el aula de clases –
Pensando encontrar a mi amigo en busca de refugio y también de información, traspuse la puerta casi corriendo y tropecé torpemente con ella, me miró sorprendida y sonrió seguramente por mi expresión y descontrol.
El universo desapareció de su sitio para estar sólo en sus ojos; eran tan grandes y profundos que sentí caerme en ellos sin más remedio; traté de terminar mi transcurso por aquel abismo con un suspiro involuntario, buscando con él, asirme de la prudencia; sin embargo, éste dejó escucharse por el vértigo del desequilibrio.
Su sonrisa y el suave rubor que tiñó sus mejillas cortó mi respiración, bloqueó mis sentidos y relajó mi tensión dejándome rendido, perdiéndome en el paraje más increíble que había transitado en mi vida; inmóvil de pies a cabeza, recorrí en mi mente varias veces el trayecto que separaban sus ojos de su boca; y encontré nuevamente el sol cuando salía y cuando se ponía; el mar infinito, el horizonte y sus colores, la noche tragándose al astro rey; la vida entera en unos segundos; y al final de ellos Eulogio me preguntó:
-¿qué haces parado ahí?-
Al recobrar mi atención, ella ya estaba sentada, la gran oportunidad de hablarle había pasado, así como el tiempo del cual había perdido la cuenta; gracias a Dios mi amigo había llegado, al igual que otros ocho compañeros que no me explico en qué momento habían ingresado.
Desde aquel día, cada abrir de sus ojos creaba un día para mí, y cada cerrar de ellos, me hacía pensar que soñaba con mis sueños, de los cuales sólo quería despertarla con un beso para hacerlos realidad.
Mateo Cribidores

