viernes, 9 de abril de 2010

Usevia en la escuela de los álamos viejos

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- Huída a casa


La hora habitual de mi llegada a casa en aquel entonces, fue siempre a las seis con treinta minutos, los casi dos kilómetros que separaban a San Ambrosio del hogar y las breves distracciones del camino, tomaban los treinta minutos que tardaba mi trayecto. Aquel día, llegué pasadas las siete.

Cuando desperté sobresaltado, cubierto por las hojas, me incorporé aterrado y emprendí la carrera desde la lejana vereda, directo hacia la puerta principal. Tuve el cuidado de no voltear hacia atrás, por el temor de ver a Ezequiel; realmente me hubiera asustado verlo, oírlo o no verlo; pues sería señal inequívoca de que estaría por ahí merodeando.


Había perdido el sentido del tiempo, la oscuridad brotaba por todas partes; las aves no daban indicios de su existencia, sin embargo, los grillos y las hojas secas llenaron mis oídos de un rumor que parecía ser inacabable y que me acompañó hasta que, no obstante el agotamiento de los intentos previos, pude brincar las grandes rejas de hierro fundido que limitaban la propiedad. El portero no estaba y sin él, San Ambrosio a esa hora era un desierto.


Con los pantalones raidos, pero al fin a salvo, llegué a casa; el sobresalto mío pareció desapercibido, consulté sigilosamente el viejo reloj que adornaba el recibidor y con sorpresa vi en él que el tiempo casi no había pasado, las siete con quince minutos. La loca carrera con la que surqué los casi dos kilómetros recuperó en parte mi tardanza, me había quedado inconsciente no más de una hora. Presuroso cambié de atuendo, disimulé mi cansancio y fingí vivir un día normal, el temor a la reprimenda por la tardanza era tanto como el que le tenía a ese árbol animado.


Ya en mi cama, después de una merienda ligera por la falta de apetito y exceso de susto, me refugié bajo tres frazadas, y sin pensar, los temores de la aventura fueron desplazados por el recuerdo de los ojos negros más bonitos que alguna vez había visto. En mi mente se fijó aquella imagen, como si hubiese sido grabada por la mano de un ángel, y ya sólo pude pensar en ellos, hasta que el cansancio doblegó mi ilusión y rendido me entregué al silencio efímero de la noche.


Y la noche me llevó a pasear por aquellos malecones en donde había yo descubierto los más bellos colores; en donde parecía estar dispuesto el atardecer, sólo para recrear la caída de sus ojos. En donde tantas veces vi alejarse las embarcaciones y perderse en el horizonte, como se perdía ella cada tarde, cuando acababan las clases y era irremediable que nuestros destinos se separen por un mundo de cosas distintas, tal como el sol y la luna, tal así éramos ella y yo.


Mateo Cribidores


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