Al sentirme descubierto, traté de no delatar mi admiración, la cual, puedo asegurar, se debía sólo al reconocimiento de la delicada estética con la que Dios había materializado su ser. Gran idea la de no preguntar a nadie su nombre, así me evitaría que alguien me recordase los colores que fui capaz de adoptar cuando me sentí expuesto aquella vez.
La palabra amor no tenía sentido para mí, ni lo tuvo cuando la vi; lo único que percibí fue el desconcierto de sentirme doblegado por su mirada; aletargado por la breve fijación de sus ojos, los que me hicieron perder en una noche negra como ellos; en donde todo lo que no estuvo en el brillo de sus pupilas, fue sólo penumbra; momento máximo de mi vida, que alcanzó su grado épico, cuando, sin contemplaciones, algo como un frío hierro atravesó mi pecho, sacándome de golpe de esa noche negra en la que hubiera querido vivir por siempre extraviado; fue la voz del maestro Don Andrés de Luzuriaga, que en tres palabras me trasladó del cielo al infierno;
-¡en que piensa!-
Sin palabras y sin color en las mejillas emití algunos sonidos que no llegaron a decir nada.
-¡no titubee, siéntese y preste atención!-
Sentenció Don Andrés, fue duro, pero me había perdonado la vida.
Me senté mansamente y en lo que quedó de la tarde, no volví a mover el cuello, ni pestañear, al punto que durante los largos minutos que pasaron para terminar la clase, se me resecaron los ojos, pero no esa alma épica que, gracias a ella, descubrí que en mí habitaba.
Pero, ¿quién era? ¿de dónde venía? Y yo sin poder preguntar su nombre, ¡gran idea!.
En la primera semana, tal fue mi afán de evitarla, que llamé la atención de algunos amigos, en especial de Felipe, un vivaracho joven venido de una hacienda vecina, famoso por su indiscreción, quien preguntó:
-¿Por qué esquivas a Usevia?, ella ha preguntado por ti, ¿no te gusta?-
Sin querer resolvió el misterio de su nombre, mientras que yo, presionado por las inocentes preguntas, respondí sin dudar lo primero que se me vino a la cabeza:
-¡No! no me gusta-
No faltó un atrevido que se alejó corriendo, y mientras se alejaba amenazó con decírselo.
Asustado por mi inocencia y, tal vez, por la profundidad de sus ojos negros, presuroso busqué a Eulogio, mi amigo de siempre. Recorrí las veredas colmadas de hojas, escuché tan ajeno cantar a los pajarillos, imaginé que luego de oír al muchacho delator, Usevia no querría mirarme más. Me atormenté pensando que las hojas secas no sonarían más y que sus ojos no me regalarían otra noche a pleno sol.
Al final de la alameda pude ver a Eulogio, que sin miedo recorría los jardines mas alejados de San Ambrosio, en busca de tranquilidad para repasar algunas materias que le habían dejado duda; lo alcancé a la altura de Ezequiel, un álamo con historia propia, que para suerte mía, o de ambos, decidió permanecer quieto durante nuestra estadía.
Eulogio al verme, me recibió como un hermano, vio mi expresión desencajada, guardó prudentemente silencio, y sentí que era el momento de contarle lo que había pasado.
Mateo Cribidores


