martes, 15 de septiembre de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos

(Anterior -Conociendo a Usevia.)

-Su mirada

Al sentirme descubierto, traté de no delatar mi admiración, la cual, puedo asegurar, se debía sólo al reconocimiento de la delicada estética con la que Dios había materializado su ser. Gran idea la de no preguntar a nadie su nombre, así me evitaría que alguien me recordase los colores que fui capaz de adoptar cuando me sentí expuesto aquella vez.

La palabra amor no tenía sentido para mí, ni lo tuvo cuando la vi; lo único que percibí fue el desconcierto de sentirme doblegado por su mirada; aletargado por la breve fijación de sus ojos, los que me hicieron perder en una noche negra como ellos; en donde todo lo que no estuvo en el brillo de sus pupilas, fue sólo penumbra; momento máximo de mi vida, que alcanzó su grado épico, cuando, sin contemplaciones, algo como un frío hierro atravesó mi pecho, sacándome de golpe de esa noche negra en la que hubiera querido vivir por siempre extraviado; fue la voz del maestro Don Andrés de Luzuriaga, que en tres palabras me trasladó del cielo al infierno;
-¡en que piensa!-

Sin palabras y sin color en las mejillas emití algunos sonidos que no llegaron a decir nada.
-¡no titubee, siéntese y preste atención!-
Sentenció Don Andrés, fue duro, pero me había perdonado la vida.

Me senté mansamente y en lo que quedó de la tarde, no volví a mover el cuello, ni pestañear, al punto que durante los largos minutos que pasaron para terminar la clase, se me resecaron los ojos, pero no esa alma épica que, gracias a ella, descubrí que en mí habitaba.

Pero, ¿quién era? ¿de dónde venía? Y yo sin poder preguntar su nombre, ¡gran idea!.

En la primera semana, tal fue mi afán de evitarla, que llamé la atención de algunos amigos, en especial de Felipe, un vivaracho joven venido de una hacienda vecina, famoso por su indiscreción, quien preguntó:
-¿Por qué esquivas a Usevia?, ella ha preguntado por ti, ¿no te gusta?-

Sin querer resolvió el misterio de su nombre, mientras que yo, presionado por las inocentes preguntas, respondí sin dudar lo primero que se me vino a la cabeza:
-¡No! no me gusta-

No faltó un atrevido que se alejó corriendo, y mientras se alejaba amenazó con decírselo.

Asustado por mi inocencia y, tal vez, por la profundidad de sus ojos negros, presuroso busqué a Eulogio, mi amigo de siempre. Recorrí las veredas colmadas de hojas, escuché tan ajeno cantar a los pajarillos, imaginé que luego de oír al muchacho delator, Usevia no querría mirarme más. Me atormenté pensando que las hojas secas no sonarían más y que sus ojos no me regalarían otra noche a pleno sol.

Al final de la alameda pude ver a Eulogio, que sin miedo recorría los jardines mas alejados de San Ambrosio, en busca de tranquilidad para repasar algunas materias que le habían dejado duda; lo alcancé a la altura de Ezequiel, un álamo con historia propia, que para suerte mía, o de ambos, decidió permanecer quieto durante nuestra estadía.

Eulogio al verme, me recibió como un hermano, vio mi expresión desencajada, guardó prudentemente silencio, y sentí que era el momento de contarle lo que había pasado.

Mateo Cribidores

domingo, 6 de septiembre de 2009

Usevia en la escuela de los álamos viejos

- Conociendo a Usevia

Eran no más de las diez de la mañana, a primera hora habíamos asistido a la Capilla a escuchar la misa por inicio de clases. Encontré a Eulogio, quien como siempre me abrazó fuertemente y me recordó que, como cada año, debíamos llegar pronto al aula, donde encontraríamos a los compañeros que aquel año compartirían las enseñanzas con nosotros.


Caminamos por las largas veredas del Instituto, las hojas que caían de los viejos álamos, resecas por el sol, alfombraban el trayecto; la alegría de estar nuevamente en San Ambrosio se confundía con la pena de saber que sólo ese año nos quedaba para caminar por sus jardines y oír la fiesta de las aves, que premunidas por el reloj de la naturaleza, cada tarde, cuando faltaban treinta minutos para las seis, cantaban alborotadas llamando a la familia para cobijarse juntos en el nido y guarecerse de las sombras de la noche.


San Ambrosio había albergado a tres generaciones de coterráneos, sus instalaciones fueron ocupadas algún tiempo por la milicia. Debía su nombre a la visión de sus fundadores, quienes se propusieron impartir enseñanzas con la mayor exigencia, y que mejor nombre que San Ambrosio, uno de los cuatro doctores de la iglesia más representados en lienzos y recordados en textos.



Una vez que ingresamos al salón, tuvimos que colocarnos en la primera fila hacia la derecha, ya que era el único sitio donde habían dos lugares juntos, y considerando la exposición a la vista de los maestros, quienes en aquel entonces no dudaban en manifestar su severidad a la menor distracción de algún alumno; entonces entendimos que no había sido buena idea perder un par de minutos en los afectuosos saludos por el reencuentro.


A mi derecha estaba la alta y fría pared, creo que de adobe, al frente, el severo maestro, y para distraer la tensión de la inmovilidad, de vez en cuando volvía mi vista hacia la izquierda, en donde casi siempre encontraba la cabeza de Eulogio, alcanzando a ver, cuando podía esquivar la presencia de mi amigo, a los compañeros de la primera y segunda fila del otro lado del aula. Entre ellos, en la primera fila, resaltaba una moza de piel iluminada, de ojos grandes, delicadas facciones y con un carisma que brotaba de su silencio. Con disimulo creí expiarla en los siguientes días, sin embargo, algo me delató, lo supe cuando, casi susurrando, Eulogio me preguntó:


-¿A cuál de ellas miras?-


Creo que mi rubor y titubeo le confirmaron que a alguien miraba, el cuchicheo llamó la atención del maestro, quien no tuvo mejor idea de recuperar mi atención preguntándome en tono muy grave:


-Joven, dígame Usted que parece estar muy atento, ¿Quién perdió la guerra de la década del cincuenta? –


Había sido sorprendido con la pregunta, temeroso me puse de pie, miré primero el techo, luego como por reflejo volteé a mi izquierda como para confirmar que ella no se había percatado de la situación, y encontré sus ojos negros mirándome fijamente, en ese momento comprendí que yo era quien había perdido la guerra, o al menos la primera batalla.

Mateo Cribidores
(Siguiente - Su mirada.)