Un cuento de otros tiempos... que ocurre todos los días.
En algún lugar de la tierra, había una vez un gran país, en el cual sus habitantes se preciaban de tener los mejores músicos, lo que incentivó cada día, a más jóvenes a dedicarse a la música para destacar y ser convenientemente reconocidos.
Tenían grandes exponentes en todo tipo de instrumentos, violín, viola, chelo, pícolo, oboe, etc. Por lo que cierto día, con tanta expectativa por la música, alguien tuvo una gran idea: - ¡formemos una orquesta sinfónica!
Para asumir tal empresa, se convocó para seleccionar a los mejores músicos, con el fin de cubrir las ciento veintiún plazas para ejecutantes de instrumentos Idiomembranófonos, Aerófonos, Cordófonos, Electrófonos y un Director; siendo, este último, el puesto con mayor cantidad de postulantes, situación que se explica por la posibilidad de lucimiento de éste en relación a los otros. Treinta músicos por cada uno de los grupos de instrumentos tatatófonos, y sólo un Director de Orquesta.
Tal acogida tuvo la iniciativa que, quien no se presentó como candidato, estuvo como jurado en las tribunas de un gran estadio en donde se dieron cita todos los pobladores en edad de tocar un instrumento o de oírlo con alguna exigencia. Fue un gran día en el cual se eligieron, en unos casos, con acuerdos generales y en otros, enfrascados en fuertes disputas, los ciento veintiún puestos; habiendo, como era de suponerse, algunas particularidades para el correspondiente a Director.
Mientras que, para evaluar a los músicos de los distintos instrumentos, se les oyó ejecutando algunos fragmentos de seleccionadas piezas musicales, las cuales llegaron a los oídos de los asistentes montadas en las suaves y frescas ráfagas de viento, de ese viento que sólo existió en el País de Los Sueños, los candidatos a Director no tenían instrumento que tocar, por tal motivo y favorecidos por el poco tiempo disponible para evaluarlos, las tribunas decidieron en base a lo que los postulantes dijeron saber y al carisma puesto en ejercicio a través de la apariencia, impostación de voz, así como por la fuerza o coordinación de sus movimientos; y finalmente hubo un elegido.
El, ahora reputado líder, sabía de Pierluigi da Palestrina, Albinoni, Bach, Pachelbel y otros tantos de nombres difícilmente repetibles, a quienes en muchos casos, no tengo el gusto de conocer; y ungido con las prerrogativas que le otorgó su elección, se convirtió en el personaje más publicado en los diarios y revistas.
La orquesta obtuvo un nombre oficial y correspondió a su ambiciosa conformación y al nombre del país del cual era originaria, Gran Orquesta Sinfónica Del País de Los Sueños.
Habiendo Orquesta, Director y nombre, se apresuraron en promocionar la fecha de la gran presentación, la cual coincidió con el inicio de la estación, por lo que la llamaron Concierto de Verano y como tanta era la expectativa por oírlos, se multiplicaron las entrevistas y los comentarios tan igual como el aire y la gloria que tenían en sus pechos los músicos y, claro está, el Director, hasta quedar a punto de estallar.
Llegado el día, el estadio se llenó a más no poder, las gentes que no pudieron ingresar, se apostaron a los lados del estadio, a la espera que esas ráfagas de viento que sólo soplaban en el País de Los Sueños, llevaran sus notas como jinetes sobre el gran pentagrama de la noche.
Faltaban sólo cinco minutos para comenzar la presentación y el más requerido, es decir el Director, seguía dando entrevistas, de pronto la manecilla tullida del reloj, esa que es más corta y que mueve muy lento, arañaba las ocho, cuando el Director de Orquesta llegó a su podio, se encendieron las luces, la miles de personas rompieron en aplausos; levantó los brazos y en su atril habían decenas de partituras, no hubo tiempo de ordenarlas, la presión de la gente estaba allí en todas partes, movió violentamente los brazos y Pierluigi da Palestrina, Albinoni, Bach, Pachelbel y todos los demás salieron apresurados de los relucientes instrumentos, y las notas montaron las suaves ráfagas de viento, tan violenta y caóticamente que las pusieron en estampida y en el frenetismo de la partida las arrojaron por doquier, y los miles de asistentes y aún los apostados en las afueras, contagiados por el caos convirtieron al País de los Sueños en el País de Las Pesadillas.
Dicen que un ser supremo de las oscuridades, de esos seres que no pueden tocarse, de malas artes y que lleva el nombre de Nòicar Getni, conmovido por lo sucedido y seguramente después de haber recibido los furibundos golpes que esos espantados jinetes produjeron al salir disparados de las antes suaves ráfagas de viento, comprendió que había llegado el tiempo del Osacarf, que es un tiempo malo; por ello, abrió sus inacabables fauces y de un bocado desapareció de la faz de la Tierra al País de los Sueños y sus suaves ráfagas, y dejó como único vestigio de su existencia el vago recuerdo que les transmito.
Es de apuntar que, como en todo cuento hay un antídoto, existe una forma de no llegar al tiempo del Osacarf, y de evitar que los exabruptos de Nòicar Getni nos lleven, para ello leerás con atención y cumplirás con lo siguiente:
A través de un fiel espejo,
y con la más gentil de las franquezas,
mirarás cada vez que te envuelva el crepúsculo,
para asegurar el éxito de tus empresas,
hasta lo más minúsculo
de tus victorias y desaciertos,
mirarás también Osacarf y Nòicar Getni,
y te darás cuenta que para no llegar al primero
deberás asegurar lo segundo.
En algún lugar de la tierra, había una vez un gran país, en el cual sus habitantes se preciaban de tener los mejores músicos, lo que incentivó cada día, a más jóvenes a dedicarse a la música para destacar y ser convenientemente reconocidos.
Tenían grandes exponentes en todo tipo de instrumentos, violín, viola, chelo, pícolo, oboe, etc. Por lo que cierto día, con tanta expectativa por la música, alguien tuvo una gran idea: - ¡formemos una orquesta sinfónica!
Para asumir tal empresa, se convocó para seleccionar a los mejores músicos, con el fin de cubrir las ciento veintiún plazas para ejecutantes de instrumentos Idiomembranófonos, Aerófonos, Cordófonos, Electrófonos y un Director; siendo, este último, el puesto con mayor cantidad de postulantes, situación que se explica por la posibilidad de lucimiento de éste en relación a los otros. Treinta músicos por cada uno de los grupos de instrumentos tatatófonos, y sólo un Director de Orquesta.
Tal acogida tuvo la iniciativa que, quien no se presentó como candidato, estuvo como jurado en las tribunas de un gran estadio en donde se dieron cita todos los pobladores en edad de tocar un instrumento o de oírlo con alguna exigencia. Fue un gran día en el cual se eligieron, en unos casos, con acuerdos generales y en otros, enfrascados en fuertes disputas, los ciento veintiún puestos; habiendo, como era de suponerse, algunas particularidades para el correspondiente a Director.
Mientras que, para evaluar a los músicos de los distintos instrumentos, se les oyó ejecutando algunos fragmentos de seleccionadas piezas musicales, las cuales llegaron a los oídos de los asistentes montadas en las suaves y frescas ráfagas de viento, de ese viento que sólo existió en el País de Los Sueños, los candidatos a Director no tenían instrumento que tocar, por tal motivo y favorecidos por el poco tiempo disponible para evaluarlos, las tribunas decidieron en base a lo que los postulantes dijeron saber y al carisma puesto en ejercicio a través de la apariencia, impostación de voz, así como por la fuerza o coordinación de sus movimientos; y finalmente hubo un elegido.
El, ahora reputado líder, sabía de Pierluigi da Palestrina, Albinoni, Bach, Pachelbel y otros tantos de nombres difícilmente repetibles, a quienes en muchos casos, no tengo el gusto de conocer; y ungido con las prerrogativas que le otorgó su elección, se convirtió en el personaje más publicado en los diarios y revistas.
La orquesta obtuvo un nombre oficial y correspondió a su ambiciosa conformación y al nombre del país del cual era originaria, Gran Orquesta Sinfónica Del País de Los Sueños.
Habiendo Orquesta, Director y nombre, se apresuraron en promocionar la fecha de la gran presentación, la cual coincidió con el inicio de la estación, por lo que la llamaron Concierto de Verano y como tanta era la expectativa por oírlos, se multiplicaron las entrevistas y los comentarios tan igual como el aire y la gloria que tenían en sus pechos los músicos y, claro está, el Director, hasta quedar a punto de estallar.
Llegado el día, el estadio se llenó a más no poder, las gentes que no pudieron ingresar, se apostaron a los lados del estadio, a la espera que esas ráfagas de viento que sólo soplaban en el País de Los Sueños, llevaran sus notas como jinetes sobre el gran pentagrama de la noche.
Faltaban sólo cinco minutos para comenzar la presentación y el más requerido, es decir el Director, seguía dando entrevistas, de pronto la manecilla tullida del reloj, esa que es más corta y que mueve muy lento, arañaba las ocho, cuando el Director de Orquesta llegó a su podio, se encendieron las luces, la miles de personas rompieron en aplausos; levantó los brazos y en su atril habían decenas de partituras, no hubo tiempo de ordenarlas, la presión de la gente estaba allí en todas partes, movió violentamente los brazos y Pierluigi da Palestrina, Albinoni, Bach, Pachelbel y todos los demás salieron apresurados de los relucientes instrumentos, y las notas montaron las suaves ráfagas de viento, tan violenta y caóticamente que las pusieron en estampida y en el frenetismo de la partida las arrojaron por doquier, y los miles de asistentes y aún los apostados en las afueras, contagiados por el caos convirtieron al País de los Sueños en el País de Las Pesadillas.
Dicen que un ser supremo de las oscuridades, de esos seres que no pueden tocarse, de malas artes y que lleva el nombre de Nòicar Getni, conmovido por lo sucedido y seguramente después de haber recibido los furibundos golpes que esos espantados jinetes produjeron al salir disparados de las antes suaves ráfagas de viento, comprendió que había llegado el tiempo del Osacarf, que es un tiempo malo; por ello, abrió sus inacabables fauces y de un bocado desapareció de la faz de la Tierra al País de los Sueños y sus suaves ráfagas, y dejó como único vestigio de su existencia el vago recuerdo que les transmito.
Es de apuntar que, como en todo cuento hay un antídoto, existe una forma de no llegar al tiempo del Osacarf, y de evitar que los exabruptos de Nòicar Getni nos lleven, para ello leerás con atención y cumplirás con lo siguiente:
A través de un fiel espejo,
y con la más gentil de las franquezas,
mirarás cada vez que te envuelva el crepúsculo,
para asegurar el éxito de tus empresas,
hasta lo más minúsculo
de tus victorias y desaciertos,
mirarás también Osacarf y Nòicar Getni,
y te darás cuenta que para no llegar al primero
deberás asegurar lo segundo.
Mateo Cribidores.

